jueves, 19 de enero de 2017

Reseña: Tales of the Street Corner


  • Año: 1962
  • Duración: 40 minutos
  • Estudio: Mushi Production
  • Género: Bélico, Comedia, Slice of Life

Alegre cartelería musical con trágico final 

En toda ciudad siempre hay vida, incluso en los lugares más recónditos. Un día de otoño de cierta esquina de una calle principal, se reúnen varios personajes: personas, animales e incluso objetos animados. Todos ellos parecen vivir en una aparente felicidad y tranquilidad. Sin embargo, la tragedia no tarda  mucho en llevarse esa dicha...

Osamu Tezuka, uno de los arquitectos del manga y el anime, ha demostrado en innumerables ocasiones su talento para inventar historias diversas tocando múltiples temas y llegando a todos los segmentos de edad. Tal vez no haya destacado en el campo de la animación por sus obras de excelsa calidad y sí lo sean varios de sus mangas. No obstante, algunos de sus cortometrajes, como es el caso del reseñado, se ganan la etiqueta de gran obra. Pasando a ser uno de los mejores cortometrajes  de la animación japonesa. Curiosamente se trata de una de sus primeras obras de creación propia en el medio y consiguió un buen resultado. 

En una primera impresión, uno podría pensar que este corto no tiene nada de japonés por la estética de sus personajes. Y bueno te daría la razón, querido espectador. Si no fuera porque antes no se había establecido el estilo que todos conocemos en el anime, ya que salió un año antes de Astroboy. Por otro lado, el color de los fondos y demás elementos de esta obra me recuerdan a una pintura por la forma en que se plasma. Y sumando a la variedad de los carteles y póster creo que queda muy bonito el conjunto. El movimiento no es excesivo y suele consistir en repeticiones de un gesto o acción como aplaudir, aunque es de admirar como se esforzaron para una producción de este tipo. La música también juega un papel importante ya que se adecua perfectamente a cada situación, cambiando el tono de las melodías en el momento que lo requiere. Además que los personajes a veces parecen crear ellos mismos la música mediante ritmos de palmas e instrumentos como el violín y el piano que utilizan dos de los carteles. Las melodías no tienen mucha complejidad y son un poco repetitivas, pero tiene su encanto.

Durante las tres primeras cuartas partes, este cortometraje nos relata, sin decir palabra, los hechos y relaciones de los habitantes de ese estrecho callejón. A medida que pasan los minutos -con un ritmo pausado y contemplativo- se nos van introduciendo más personajes. Empezando por el travieso ratón y la niña cuyo oso ha caído en el tejado, intentando recuperarlo. A continuación, se nos presenta a la cartalería del callejón que destaca por su variedad y alegría, pese a que deberían ser objetos inanimados. En suma son como un barrio de vecinos que vive en armonía y que tiene sus propios miembros destacados como es el violinista. Claro que siempre hay un algún individuo, como es el caso de la maliciosa polilla, que intenta molestar a los demás y causar problemas, aunque solo se debe pensar en él como un pequeño gamberro. El ambiente que se respira en esta parte es claramente alegre y simpático gracias a las intervenciones de los personajes y la comedia que producen los mismos. Por una parte, personajes como la niña y su oso otorgan un aire inocente al relato. Otros como el ratón representan la infancia de aquellos niños que les gusta hacer travesuras y salir a fuera para hacer nuevos amigos. En una línea posterior, se puede ver el amor que se forja entre el violinista y la nueva pianista que se miran desde la distancia mientras tocan juntos. Por último, todos los carteles contribuyen a dar esa imagen de comunidad armoniosa con sus propias peculiaridades individuales. 

Tezuka aprovecha a estos carteles tan amigables para crear un espectáculo cómico. En una sucesión interminable de carteles cada uno realiza su propia gracia haciendo uso del contenido que anuncian o los personajes que aparezcan. Unos bailan, otros chasquean los dedos, otros tocan un instrumento y los demás dan palmas. Sus habitantes hacen su propia función para animar el ambiente. Al carecer de diálogos, Tezuka usa el humor visual. En ocasiones el resultado que esperamos de un cartel concreto es inesperado ya que juega con varios recursos. En un principio, enfoca el cartel desde una perspectiva que no nos permite ver el cartel completo, para después dar una sorpresa divertida al ver lo que había debajo o al lado. En otros casos utiliza simples metáforas visuales que son bastante ingeniosas como el poster de las flechas y la gafas. El otro humor que nos encontramos proviene de las travesuras del ratón y la polilla, el cual no tiene mucho que contar.

No es necesario decir que si de esto tratara todo el cortometraje no se llevaría mis halagos, pero en el último segmento de esta obra se encarga de transmitir el mensaje antibelicista que se anticipaba desde hacía un rato. Todo aquella atmósfera animada que imperaba se vio interrumpida por las pisadas de cierto hombre sin rostro -hecho que se explica por la dureza e impersonalidad del poder autoritario- que reemplaza todos los carteles por otros con la imagen de cierto dictador que mira con desdén al resto de habitantes y los obliga a desaparecer. Para sumar más desgracias se inicia un bombardeo destruyendo toda la ciudad. Solo ruinas y muerte quedan a su paso, sin poder salvarse casi nadie de ese cruel destino. Los enamorados intentan escapar, pero finalmente el aire rodeado de polvo y llamas los incendia. La polilla que ahora está asustada se refugia en la farola, pero ambas son víctimas de la destrucción. De esta manera Tezuka nos muestra los efectos devastadores de la guerra, dejándonos un sentimiento de desolación y tristeza tras ver como apenas nadie se salva de la masacre. En una guerra siempre se pierde más de lo que se consigue ganar y todo lo bueno y malo es aplastado. Probablemente Tezuka vio de primera mano las secuelas que deja la guerra y de ahí que pueda plasmarlo de esta manera. Por fortuna, aún queda la esperanza y, justo al final, vemos como las semillas que dejó un árbol cercano han brotado y la niña que había escapado del lugar ahora puede reunirse con su viejo peluche.

Conclusión

Tales of the Street Corner es una obra que se alza no solo frente a la mayoría de sus obras animadas, si no también sobresale dentro de la industria de animación japonesa en lo tocante a cortometrajes. Pese a tener un ritmo lento, poseer la posibilidad de aprovechar mejor el tiempo y pertenecer a una época donde los recursos para la animación escaseaban, el mensaje que guarda esta obra es demoledor y nos enseña a intentar evitar el peligro que sufrieron los personajes. Sin duda, debes verla aunque no te llame en una primera instancia.

Calificación: 7

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